Tecnología y Derechos

Malinformar vs desinformar: definición y ejemplos

Malinformar y desinformar son dos términos que a menudo se utilizan indistintamente. Pero aunque ambos implican ciertos peligros para la sociedad, no son lo mismo.

por LibertiesEU

El autor Toba Beta escribió en cierta ocasión: "La desinformación es engañar. La información errónea es trucar". No es un mal intento de desentrañar la diferencia entre dos términos -malinformar y desinformar- que a menudo (y erróneamente) se utilizan indistintamente. Aunque ambos implican una serie de riesgos para nuestros derechos y nuestra democracia, uno es más peligroso. Y es que la principal diferencia entre ambos es la intención.

¿Qué es malinformar?

Informar mal es ofrecer una información engañosa, incorrecta o completamente falsa que se comunica sin la intención explícita de engañar. Aunque la intención es que se perciba como seria y objetiva.

Los ejemplos de información errónea abundan. El auge de las redes sociales, que permiten que casi cualquier persona comparta fácilmente lo que piensa, es uno de los principales vehículos de esta mala información. Pero también lo son los medios de comunicación, incluidas algunas de las mayores agencias de noticias, como Fox News o RT, que es un portavoz del Kremlin. Estos medios a menudo venden información incorrecta con la intención de alentar la ira o el miedo de sus espectadores. Incluso muchos medios de comunicación fiables difunden estas noticias, por ejemplo, cuando publican una noticia falsa sin haberla comprobado adecuadamente, u ofrecen programas de debate y entrevistas donde invitan a personas que comparten estas noticias falsas.

La teoría de que la Tierra plana es un ejemplo de información errónea. Sabemos que es falsa y que la Tierra es redonda. Incluso hemos lograd contemplarla desde fuera, a vista de pájaro, y apreciar su redondez. Pero a pesar de ello, hay mucha gente que realmente cree que la Tierra es plana. Internet está plagado de anécdotas y "pruebas" que intentan demostrarlo y la teoría ha existido desde que los humanos empezaron a pensar en la forma de nuestro planeta. Quienes perpetúan esta ficción realmente se la creen, y, más que engañar a la gente, realmente creen que están iluminando a los demás. Se trata de un caso claro de malinformar en lugar de desinformar.

Una noticia falsa que circuló por Internet hace unos años -con la ayuda de algunos medios de comunicación dudosos- afirmaba que Yoko Ono y Hillary Clinton tuvieron una aventura amorosa en los años 70, cuando Clinton era estudiante en Yale. La historia es falsa, pero los medios que la compartieron puede que cayeran en el engaño, creyeran su autenticidad y la publicaran, incluidas unas citas de Yoko Ono que parecían respaldarla.

Una distinción importante entre malinformar y desinformar es que la primera se considera libertad de expresión. Aunque, efectivamente, cuando se comparte información falsa, esta puede causar daño (como ocurre frecuentemente) tanto a personas individuales como a la sociedad. Pero se comparte, a falta de un término mejor, de buena fe, es decir, quien difunde la información no solo cree que es verdadera, sino que cree que está contribuyendo a que se desarrolle y forme la sociedad, sin intención de causar daño.

Sin embargo, quienes difunden y comparten desinformación sí tienen intención de causar daño, y muy a menudo sus mensajes pueden constituir una calumnia o discurso de odio contra ciertas personas o grupos de personas. Por ello, no siempre es un discurso protegido y conviene recordar que las personas que comparten desinformación a menudo no tienen derecho a hacerlo: no es libertad de expresión.

¿Qué es la desinformación?

La desinformación es una información falsa que se difunde con intención de engañar a la gente. Quien comparte la "noticia" sabe que es falsa y desea engañar a su público. A diferencia de la desinformación, no se trata de un intento de buena fe de arrojar luz sobre un asunto, sino un intento de mala fe de generar división y alentar el miedo.

He aquí un ejemplo de 2018 sobre la propiedad de los medios de comunicación rumanos. Se afirmaba que el 90% de los medios rumanos eran de propiedad israelí. La noticia fue difundida por un medio de comunicación rumano que seguramente sabía que lo que estaba publicando era falso. El motivo era avivar el antisemitismo y la xenofobia. No es de extrañar que el medio que compartió la noticia sea conocido por promover la desinformación, especialmente a favor del Kremlin.

Cuando el fuego arrasó la catedral de Notre-Dame de París en 2019, una campaña de desinformación iniciada por activistas de extrema derecha en España, Francia, Alemania e Italia atribuyó el incendio a extremistas islámicos, en un intento de alentar el odio antimusulmán en Europa. A principios de 2021, los medios de comunicación pro-Kremlin de Rusia y Alemania informaron de que la policía de Berlín les había quitado tres niños pequeños a progenitores rusos diciéndoles: "¡Esto es por Navalny!"

¿Por qué tanto la información falsa como la desinformación es peligrosa? ¿A quién afectan más?

Tanto la información errónea como la desinformación pueden ser peligrosas, pero la desinformación es mucho más destructiva, y no constituye necesariamente libertad de expresión. Puede obstruir la capacidad de la gente de debatir temas y tomar decisiones de tres formas. En primer lugar, ambas dan información falsa, a veces acompañada de falsos análisis, y por ende llevan a la gente a tomar decisiones que son contrarias a lo que realmente quieren o les conviene. Esto ocurre especialmente durante las elecciones. La desinformación se utiliza para engañar y manipular a los votantes, asustándoles con amenazas imaginarias, infundiéndoles una falsa sensación de miedo y ofreciéndoles soluciones falsas a los problemas inventados.

En segundo lugar, la desinformación no pretende en absoluto alimentar el debate público, todo lo contrario. Casi siempre es polarizadora, empujando intencionadamente a la gente a adoptar opiniones y creencias extremas que no dejan espacio para el compromiso. A medida que se reducen las posibilidades de encontrar un punto intermedio, cada vez resulta más difícil para los políticos defender posturas que permitan el compromiso y la búsqueda de soluciones que permitan que todas las personas puedan convivir de forma feliz y segura.

Por último, incluso cuando la desinformación (o la mala información) no sea aceptada por quienes la consumen, el efecto de esta exposición siembra la desconfianza en los medios de comunicación y las instituciones. Cuando a la gente se le presentan mensajes contradictorios -que son extremos y no coinciden en lo más mínimo- pierden la confianza en todas las fuentes de información, incluidos los medios de comunicación legítimos. El resultado es que muchas personas deciden desconectarse de todas las fuentes de información, lo que hace que estén menos informados y menos dispuestos a contribuir al debate público sobre cuestiones importantes. Tampoco están dispuestos a dar plantarse y defender a las organizaciones e instituciones que son creíbles y útiles para la democracia.

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La desinformación funciona mejor cuando está dirigida a quienes consumen sus noticias de un número reducido de fuentes. Esto suele significar que la persona ha elegido esas fuentes y, por ende, está predispuesta a confiar en ellas. También significa que es menos probable que comprueben la información fuera de sus fuentes seleccionadas. El auge de la publicidad dirigida también contribuye a la difusión de la desinformación. Ahora las plataformas de redes sociales son capaces de hacer un perfil de sus usuarios, agregando información sobre los sitios de noticias que visitan y las publicaciones que les gustan, comparten o con las que interactúan, permitiendo dirigir con mayor precisión las publicaciones y noticias con las que probablemente estén de acuerdo o quieran ver.

¿Cómo se detecta la desinformación?

Identificar la desinformación y la mala información puede ser difícil. Es fundamental desarrollar una mirada crítica sobre la información que consumimos y contrastarla con otras fuentes.

¿Quién lo firma? ¿Es una fuente fiable?

Es importante fijarse en quienes firma la información. ¿Tienen credibilidad ante otras fuentes de noticias para las que no trabajan? ¿Sus noticias han sido precisas en el pasado?

¿Qué dicen otras fuentes sobre el mismo tema?

¿Han compartido otras fuentes la misma información? Si ves algo en el Daily Mail, ¿lo han publicado también medios más grandes, como la BBC?

¿Existen pruebas reales?

¿La información es una mera opinión, o está respaldada por pruebas empíricas? Si una fuente de noticias anuncia que un determinado producto de limpieza del hogar curará el coronavirus, ¿contiene la noticia estudios que lo demuestren? ¿Ofrece alguna prueba?

¿Cuándo se publicó?

Es preciso tener en cuenta la fecha de publicación. A veces, se reutilizan noticias antiguas y se manipulan para que parezcan un acontecimiento actual.

¿Dónde la has encontrado? ¿Es una plataforma fiable?

Además de quién firma la noticia, es importante fijarse en las plataformas que la difunden. ¿La publican también en medios grandes y establecidos? ¿Aparece únicamente en plataformas de nicho o de ideologías políticas extremistas? ¿O está en todos los sitios de noticias? Si se trata de un mensaje privado o de algo visto en algún foro, es más probable que se trate de una ficción inventada por una persona que de información rigurosa.

Diferenciar entre desinformación e información errónea puede ser difícil, y a menudo requiere un poco de esfuerzo adicional por parte del lector. Pero, para poder identificar y mitigar los efectos tanto de la mala información como de la desinformación es preciso un esfuerzo de la sociedad en su conjunto, no únicamente de las personas a título individual. Es necesario crear un entorno en el que sea menos probable que esa información llegue a la gente, y así recuperar la confianza en nuestras instituciones.

Y esto no implica necesariamente censurar contenidos. Se publica demasiado contenido para que lo puedan revisar humanos, y los algoritmos no pueden hacerlo con precisión. El verdadero problema, es que resulta increíblemente peligroso designar a una sola persona o entidad como árbitro de la verdad. Además, incluso la mala información y la desinformación son, con algunas excepciones, libertad de expresión.

Pero aún así, podemos mitigar sus efectos. Es importante contar con una emisora pública bien financiada e independiente que facilite un periodismo de calidad, que fomente un debate equilibrado y que goce de la confianza general del público. Y otra medida importante es que exista un mercado mediático plural que apoye económicamente a los medios de calidad. Evidentemente, esto va de la mano de la existencia de autoridades independientes y la aplicación adecuada de las normas de competencia, de modo que dificulte que los periódicos o medios de comunicación en línea sean comprados a precio bajo por magnates que luego los utilizan para impulsar su propia agenda. Asimismo, garantiza que las agencias de noticias dispongan de los recursos necesarios para hacer un periodismo de calidad en el que la gente pueda confiar, en lugar de optar por un periodismo sensacionalista centrado en llamar la atención y en el clickbait.

También es importante eliminar los incentivos económicos que fomentan la desinformación y la mala información en las redes sociales. Actualmente, las plataformas se lucran a través de la distribución de contenidos específicos. Los contenidos populares generan más dinero que los impopulares. La desinformación sensacionalista es muy popular, por lo que los algoritmos promueven las mentiras para ganar dinero. Cambiar el funcionamiento de los algoritmos de promoción de contenidos ayudaría. Al igual que obligar que se cumplan las normas de protección de datos. La desinformación y la mala información necesitan llegar a su público objetivo para hacer daño. Para ello, se basan en las técnicas de micro focalización o microtargeting, pero este solo funciona porque las plataformas de redes sociales violan las normas de protección de datos y recopilan información sin el consentimiento de las personas.

No cabe duda de que tanto la mala información como, y especialmente, la desinformación, suponen ciertas amenazas para nuestra democracia. Mitigarla es una responsabilidad compartida. Como lectores y lectoras, debemos reflexionar críticamente sobre la información que consumimos, mirarla de forma crítica y abrir nuestra mente a puntos de vista opuestos. Solo ccon una buena información podremos tomar decisiones fundamentadas sobre en qué confiar y en qué no. Y nuestros gobiernos tienen que construir un entorno en el que se fomenten las noticias objetivas y estas tengan la misma posibilidad de llegar a la gente que la desinformación o la mala información.

La creación de este entorno debe hacerse con cuidado, sin violar la libertad de expresión de nadie. Pero hacerlo es necesario para garantizar que puedan prospera sociedades libres y democráticas.

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